LA HORA

LA HORA

Edwin Zapata

—Ya es hora —por fin habló Renato echando un vistazo a la ciudad desde el mirador de la montaña.

—Hagámoslo entonces —respondió Trini.

Ambos bajaron la pendiente de aquel mirador, único testigo del plan que habían trazado hace varios días.

La bulla en el coliseo de gallos de pelea iba en aumento. El palenque estaba lleno de personas observando la pelea de turno. Algunos sonreían al ver que uno de los animales estaba a punto de ganar, mientras otros alentaban al gallo perdedor con la esperanza de que diera la sorpresa y con un golpe certero acabara con su oponte. No fue así, a los pocos segundos cayó a la arena luego de recibir un duro espueletazo en la cien que le atravesó la cabeza.

En una de las mejores ubicaciones se encontraba Roberto, un señor de edad, gordo de poco pelo y barba pronunciada. Era el dueño del local y jefe de una banda de asaltantes que continuaba aterrando a gran parte de la ciudad. Todos conocían sus artimañas para lograr sus objetivos y el poder que tenía para esquivar a la policía. Junto a él se encontraban dos corpulentos hombres de su confianza, quienes evitaban que se acercara cualquier persona sin antes ser revisado minuciosamente.

Antes de que se iniciara la próxima pelea, uno de los guardaespaldas recibió un recado.

—Señor están en la puerta —le dijo al oído.

—Déjenlos entrar —decidió Roberto luego pensarlo por unos segundos.

—Bien señor.

A los pocos minutos Renato y Trini, dos jóvenes de veinte años ingresaban con dos gallos de pelea. Ambos no pasaban inadvertidos ante los presentes. Todos los conocían, pero nadie se atrevía a saludarlos. Renato, el más alto y delgado se dirigió con los gallos al encargado de pesar los animales y encontrar sus contrincantes. Trini caminó hacia el bar, pidió una cerveza y dio una ojeada al lugar. Ahí no más apareció Renato y reclamó otra cerveza. Brindaron con una sonrisa fingida.

Los dos decidieron recorrer el lugar con su cerveza en mano hasta estar cerca de Roberto. Renato resolvió sentarse a unos cuantos metros ante la mirada de uno de los guardaespaldas que empezaba a empuñar su arma que llevaba en la cintura. El muchacho sabía que no lo dejarían de vigilar así que empezó ayudar al hombre que tenía a su lado a ponerle las espuelas a su gallo.

Trini continuó su camino, cuando estuvo a punto de llegar a Roberto, este hizo una seña y sus guardaespaldas se acercaron a él para revisarle.

—Está limpio jefe —confesó Búfalo, el más corpulento, quien con sus grandes brazos casi estruja los huesos de Trini. Una sonrisa apareció en el rostro Roberto.

—¿Cómo estás muchacho? Disculparás los contratiempos, pero primero es la seguridad y más con ustedes dos —sonrió—. Y no sé por qué no los mato de una vez en lugar de estar siempre pendiente de ustedes.

—¿Y por qué no lo hace?

—Sabes que no puedo hacerlo — Roberto dejó de sonreír y retomó la conversación—. No me digas que tienes otros gallos para ganarte. A propósito, ¿cuántas veces has perdido?

—Sin contar esta, siete.

—¿Y cuándo te darás por vencido? No seria mejor que ese dinero lo usaras para largarte de esta ciudad con tu hermano.

—No me iré hasta ganarle a usted y recuperar todo mi dinero.

—Entonces no tendré compasión con ustedes. Dino, ve y averigua cuánto pesan sus gallos y busca entre los míos a sus contrincantes. No, espera. Dile todo eso al Chelo, te prefiero aquí a mi lado, cuidándome las espaldas —una sonrisa maliciosa apareció en el rostro de Trini.

Los hermanos se volvieron a encontrar en el bar. Ambos estaban nerviosos, las miradas de los presentes eran constantes, pero cómplices de lo que estaba por suceder en los siguientes minutos.

De pronto se les acercó Búfalo.

—Oigan les toca su turno, pero antes tengo que saldar cuentas contigo Trini —le dijo aprisionando un puño y metiéndose la otra mano a la cintura.

—¡Lo mataron jefe, mataron a Roberto! —ingresó un joven corriendo a dar la noticia al capitán Artemio.

Los demás policías que estaban en la comisaría cruzaron miradas de incredulidad y sorpresa.

—En serio capitán, yo miré su cuerpo tirado en las gradas del palenque —volvió a insistir.

De delgada contextura y cabellos oscuros, Artemio con una mirada ordenó a sus hombres que se alistaran para salir de inmediato.

—Mira muchacho, si esto es una burla te juro que te buscaré en toda la ciudad y te daré una paliza que nunca olvidarás. ¡Ahora lárgate!

Cuando Artemio llegó con sus hombres al palenque, todo estaba vacío. La única bulla provenía del área donde tenían a los gallos en jaulas, algunos estaban sueltos y luchaban entre ellos, algunos corrían tras su contrincante y otros intentaban salir de sus jaulas extasiados ante una posible pelea.

Artemio junto a sus hombres se fueron acercando al ruedo lentamente. La música aún se escuchaba en el bar y tres botellas de cerveza llenas sin destapar les dieron la bienvenida. Las pisadas y empujones se distinguían en el suelo. Dedujeron que todas las personas al oír los disparos salieron del lugar descontroladas. Dieron otros pasos y divisaron el cuerpo de Roberto tirado a un costado de su sillón.

Artemio se acercó al cuerpo sin vida y le tocó el cuello. Estaba muerto. Dio otra ojeada al lugar. Todo estaba consumado, ningún testigo sólo los gallos de pelea. Los policías seguían sus pasos con la mirada hasta que por fin uno de ellos decidió hablar.

—¿Jefe y ahora qué?

—Pues nada —suspiró—. Sería una falta de respeto dejar que esas tres cervezas se calienten —les dijo señalando el bar.

Una sonrisa apareció entre los policías

—¡Brindemos, que por fin este hijoeputa está muerto!

Señor Roberto se le acusa de haber matado a su hermano y esposa. Tenemos testigos que vieron cuando usted disparó a quemarropa en los cuerpos de las víctimas. ¿Qué tiene que decir? le preguntó Artemio, luego de detenerlo en la comisaría.

Que soy inocente. Y si tiene a esos testigos que se presenten a corte en dónde nos veremos con mi abogado respondió con una sonrisa malévola. Solo espero que sobrevivan hasta ese entonces.

Artemio le observó por unos segundos, sabía de las relaciones de Roberto, y si no actuaba los testigos que podrían meterlo a la cárcel por muchos años morirían en los siguientes días.

No fue necesario que pasaran días, a la mañana siguiente los testigos que vieron ingresar a Roberto a la casa de su hermano aparecieron muertos en una casa abandonada.

Veinticuatro horas más permaneció Roberto en la cárcel, luego fue sacado por su abogado respaldado por el juez de la ciudad que era su suegro.

—Los chismes dicen que ese hijoeputa mató a su hermano, porque se había enamorado de su mujer, y como ella no le hizo caso amenazó con matar a ambos, y ahí tiene las consecuencias jefecito —le confesó Pedro, el cantinero de uno de los bares más populares de la ciudad al capitán Artemio.

—¿Y los hijos que dejaron?

—Roberto dijo que se haría cargo de ellos, pero nunca lo hizo, ni bien crecieron se escaparon y vivieron por su cuenta.

—La muerte de los esposos si lo sé. Pero hasta ahora no sé nada de los dos hermanos. Me dijeron que siempre anduvieron buscando buenos gallos de pelea para ganarle a su tío.

—Pero nunca lo lograron hasta aquel día.

—¿Cómo? ¿Tú estuviste ahí?

—Mierda, quién me mandó abrir mi boca —se recriminó el cantinero, pero ya era demasiado tarde.

—¿No me digas que fueron ellos quienes lo mataron?

—No sé nada señor, eso no lo puedo asegurar.

—Pero dices que el día de su muerte ellos ganaron la pelea.

—Si estuve presente cuando su gallo le ganó al de Roberto, pero tuve que salir debido a que mi mujer se puso grave y la llevé al hospital. Además jefe, usted sabe que Roberto de quien se cuidaba más era de sus sobrinos, y cada vez que entraban al palenque eran revisados minuciosamente por sus hombres.

—!Mierda! —renegó Artemio al darse cuenta del detalle.

Por más que Búfalo trataba de parar la sangre que emanaba de su nariz, fue imposible.

—!Hijo de puta, me las vas a pagar! —gritó echando abajo el espejo del baño de la discoteca.

—¿Qué mierda acabas de hacer? —apareció Dino al escuchar la bulla—. No puedes hacer ni mierda. Esos hijos de puta son sobrinos del jefe, y mientras no de la orden no podemos ni tocarlos.

—Me acaba de joder la nariz. Esto no se quedará así. ¡Conmigo nadie se mete!

—Pero tú tuviste la culpa. Le metiste la mano a su novia que estaba con él. ¡No mames, simplemente reaccionó!

—Con orden, o sin orden mataré a ese hijo de puta de Trini. No te quedes parado ahí como verga y alcánzame papel para limpiarme la sangre.

Con la adrenalina aún en sus cuerpos, Renato y Trini salieron apresurados del palenque mezclados entre la gente que corría desesperada del lugar, ni siquiera se tomaron el tiempo de voltear a ver a Roberto mientras caía pesadamente al piso. Todo fue tan rápido que Dino aún no lo creía y pistola en mano empezó a disparar al aire al no tener un blanco. Pero ya nada podía hacer. Búfalo estaba al otro lado cuando escuchó los disparos, ambos cruzaron miradas, pero su jefe tenía más de cinco balas en el cuerpo. Era tiempo de huir.

—Jefe según los forenses encontraron siete balas en el cuerpo de Roberto, pero el problema es que no todas salieron de una misma arma, sino que se son de cuatro armas diferentes, sin olvidar el corte en la espalda con un cuchillo.

—¿Qué es lo que está pasando carajo? Roberto, el jefe de una banda de ladrones y el más protegido que el presidente aparece muerto en su propio bunker. ¡¿Quién diablos me explica esto, quién me da los nombres de los culpables, quién al menos me da una pista para saber por donde empezar?!

En la comisaría se respiraba un ambiente tenso, Artemio intentaba calmarse. Realizó algunas llamadas, husmeó en algunos rincones de la ciudad y todo fue en vano. Sólo el cantinero le había dado cierta información. De esto no lo había comentado a nadie por temor a que sufriera represalias. Sabía perfectamente que el cantinero era su as bajo la manga, y si no conseguía más información hasta el día siguiente volvería a visitarlo, y esta vez no sería tan blando como sucedió en la primera entrevista.

—Jefe, empezaron los problemas. El carro del juez se está estacionando en la entrada —uno de los policías lo trajo a la realidad.

El Juez, un hombre con sobrepeso, de rostro grasoso, y manos pequeñas hizo su entrada acompañado de dos guardaespaldas. Vestía elegantemente un traje oscuro, quizás por la noticia de la muerte de Roberto, y por los malos días que se le avecinaban si no encontraba a los culpables. Esa mañana antes de visitar la comisaría salió con un propósito, encontrar respuestas, asesinar a los culpables y reorganizar el clan de Roberto para que la ciudad continuara bajo su yugo.

—¡Déjese de rodeos y vamos al grano carajo! Qué sabe del asesinato o asesinos —su voz no era calmada, era de mando y prepotencia.

Artemio pudo haberle respondido de la misma manera, pero decidió calmarse y tratar de ser cortes hasta que todo se hubiera resuelto.

—Nada señor.

—¿Cómo que nada? Ayer mataron a mi yerno. Quiero a los culpables ahora mismo. Sobre ellos caerá todo el peso de mi ley.

—Eso que quiere decir, ¿qué no sobrevivirán para ser juzgados?

—De eso me encargo yo. Usted solo entréguemelos. Yo veré lo que haré. Recuerde que en esta ciudad así exista un alcalde, un puesto policial, un ejercito o un palacio de Justicia, yo soy el amo y señor de todo.

—Está bien señor Juez, le aseguro que antes de anochecer tendrá a los culpables en su casa. Lo prometo.

Una sonrisa perversa apareció en el rostro del Juez.

—Artemio, Artemio, veo que eres un buen hombre, si lo que me dices es verdad no olvidaré este favor —sin decir más salió de la comisaría.

Luego que Artemio se cerciorara que el Juez se había marchado tomó el teléfono.

—Todo está como lo planeado. No, ya no será necesario que los chicos se marchen. El juez quiere a los culpables hoy en su casa, y así será. Asegúrate que todos estén puntuales —colgó el teléfono y salió de su oficina.

A la media hora una llamada anónima llevó a Artemio y a sus hombres a salir de la ciudad. Era Dino, uno de los guardaespaldas quien lo citó para entregarse, luego de huir del palenque se había refugiado en una casa abandonada.

—Jefe, esto no está bien, todo sucedió tan rápido. Aquí hay algo raro. Roberto siempre estuvo bien protegido, pero algo me dice que todo estuvo planeado —las manos de Dino estaban intranquilas y de aquel hombre alto y prepotente no quedaba nada. De la talla de aquella contextura gruesa solo era eso, masa, una masa que estaba a punto de derretirse al saber que su vida también corría peligro—. Haciendo memoria pude identificar a todos los presentes. ¡Rayos, cómo no nos dimos cuenta! —se llevó las manos a su rostro. Volvió a encender otro cigarrillo—. Todos los presentes eran personas que Roberto había estafado. Familiares que habían perdido a un hijo, a un padre, o una madre. ¡Cómo mierda se nos escapó esto! También estuvieron allí los padres de las adolescentes que Roberto violó y mató —con cada palabra que Dino pronunciaba su voz se iba apagando—. No sé lo que está pasando jefe, pero estoy dispuesto a entregarme y ser testigo de lo que sea para no correr peligro.

Artemio se encontraba solo, sus hombres esperaban fuera de la casa abandonada donde Dino se encontraba escondido. En todo momento se notó tranquilo. No había pronunciado palabra alguna, Dino hablaba como una metralleta, escupiendo palabras por todos lados.

—A estas alturas ya le habrán hecho la autopsia a Roberto, y estoy seguro que encontró diferentes tipos de balas.

Artemio asintió con la cabeza.

—De mi revólver salió solo una, pero yo no fui quien le disparó. Me puse tan nervioso que tiré la pistola cuando vi aparecer a Búfalo, que se acercaba al cuerpo. Le dije que era tiempo de huir, recogió mi revólver y se dirigió al cuerpo de Roberto que aún estaba con vida. Lo apuntó al pecho y le disparó, como todavía seguía respirando y mi revólver no tenía más balas sacó su arma y le dio el tiro de gracia en el corazón. ¡Ahora lárgate antes que haga lo mismo contigo! —me dijo sin mirarme. Entendí el mensaje y salí del palenque.

—Veo que sabes demasiado —por fin habló Artemio.

—Cómo… —Dino no terminó de decir la palabra cuando Artemio le disparó en la cabeza antes de salir de aquella casa abandonada.

Aquel día había sido muy agotador para el señor Juez, luego de haber conversado con Artemio tuvo que hacer unas cuantas visitas más en algunas instituciones públicas. También se había reunido con los demás hombres de Roberto. Todos buscaban venganza, pero nadie tenía la capacidad para asumir el liderazgo. El juez tenía que solucionar todo el asunto en el menor tiempo posible.

El estrés se estaba apoderando de él. Antes de abrir la puerta se aflojó un poco la corbata e ingresó.

—¿Cómo está Señor Juez? Bienvenido —le dijo Artemio al verlo entrar.

—¿Qué mierda es esto? ¿Qué diablos hacen todos ustedes en mi casa? —preguntó al ver a más de veinte personas dentro de su sala.

—Aquí tiene a los culpables señor Juez tal como le prometí —le dijo Artemio, señalando a todos, dónde entre ellos estaban el portero del palenque, Renato, Trini y Búfalo. Todos estaban armados, y una nube negra se cruzó por la cabeza del Juez.

A sus cincuenta años se le atravesaron por su mente todos los abusos que había cometido junto a Roberto. Reconoció a cada una de las personas que habían invadido su casa.

—¿Y tú búfalo, qué mierda haces aquí con ellos?

—Recuerda una pelea hace veinte años? Un tipo sacó el arma y mató a un joven de doce años. Se logra atrapar al asesino; pero al día siguiente sale libre porque trabajaba para usted y Roberto. Ese jovencito era mi hermano menor. Ahora el destino me acaba de dar mi venganza.

—No me importa si me matan, mañana alguien de mi confianza y de Roberto asumirá nuestro puesto.

—¿Eso tiene que ver con la reunión que tuvo hace unas horas con todas esas lacras que estaba acostumbrado a tratar? —preguntó Renato.

—¿Cómo lo sabes muchacho del demonio?

—Le mandan muchos saludos, y el último antes de morir me dijo que lo esperara en el infierno —intervino Trini mientras no dejaba de apuntarle con su revólver.

—Pero chicos esto lo podemos solucionar —la voz del Juez se quebró, el nerviosismo se había apoderado de su cuerpo, estaba solo.

—Una vez Roberto me dijo que para acabar con un problema se debe cortar desde la raíz. Ayer empezamos con el tronco y sus malditas ramas y hoy la finalizamos con la raicilla —le dijo Artemio antes de tirar del gatillo junto a las demás personas.

 

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